Pablo Ianiszewski © 2008
La humanidad ha cambiado. Vivimos en un mundo en donde la vida cotidiana pareciera no necesitar más de lo Divino para desarrollarse. Entre tecnología y equipos que nos simplifican la vida, pero que irónicamente nos hacen más dependientes, ya no buscamos a un mago o un sacerdote para encontrar una explicación a nuestras vidas o a lo que sucede a nuestro alrededor, pues tenemos en su lugar al psicólogo y al científico. Las religiones organizadas han caído en descrédito y se sospecha de todo aquello que tenga demasiado aroma a dogma religioso por irracional, absurdo o irrelevante. Pero ocurre que aunque la mayoría de las personas han perdido crecientemente el interés en la religión, la inquietud espiritual sigue viva, tal vez más que antes. ¿Cómo explicar este fenómeno tan paradojal?
Corría el siglo XVI y en Europa una nueva mentalidad se estaba gestando. Los hombres comenzaban a desconfiar de las viejas tradiciones y a proponer nuevos criterios para comprender el mundo. Copérnico sería el primero en lanzar una piedra contra el pasado. Le seguirían Galileo, Kepler y finalmente Newton. A esta nueva mentalidad le llamamos la Modernidad. En ella, el hombre apostaría por la racionalidad como principio supremo rector de la conciencia humana, el Sapere aude Kantiano y la llamada ‘mayoría de edad’ del individuo que es capaz de ejercer su razón autónomamente. Los descubrimientos científicos, la capacidad de predecir los fenómenos naturales y el desarrollo de nuevas tecnologías retroalimentaron fuertemente el sentido de autoridad de esta generación y motivaron al proyecto moderno a continuar con su senda, pese a la férrea oposición de la religión organizada de ese entonces.
Hasta la Edad Media, el hombre vivía rodeado de un universo vivo, pululado por espíritus naturales, esferas planetarias que se movían armónicamente en los siete cielos y ángeles que transportaban desde la nube al suelo cada gota de agua de lluvia. En concreto, Europa se hallaba inmersa en una visión Teocéntrica en la que Dios como supremo geómetra del cosmos era el punto de origen y meta de la vida cotidiana. Debido al prejuicio de algunos historiadores del pasado, error que ya ha sido corregido innumerables veces, se pensaba que el Medioevo había sido un período congelado de la humanidad, un tiempo en donde nada destacable había ocurrido. Tal juicio equivocado tuvo su raíz en la idea de progreso material y científico, pues efectivamente en la Edad Media fueron pocos los avances en temas económicos y tecnológicos. No obstante la riqueza espiritual del período, algo que la mentalidad moderna suele desdeñar, fue abundante. La Magia, como paradigma, lo impregnaba todo. A cada cosa del cielo le correspondía una en la tierra y viceversa. Desde fecundos alquimistas como Roger Bacon o Nicolás Flamel hasta místicos de la talla de Ibn Arabi de Murcia o Ramón Llull por citar solo a unos pocos, es indudable que la fecundidad espiritual de la “Edad Oscura” arrojó bastante más luz de la que habitualmente pensamos. Los últimos estertores del paradigma sagrado se darían en Italia, particularmente en Florencia, con la fundación en 1440 de la Academia Platónica Florentina por parte de Cosme de Médicis. Allí fue reavivado el interés por la sabiduría de Hermes y el conocimiento de los antiguos griegos. Pero no duraría demasiado, pues un siglo y medio después y no muy lejos, en Pisa, nacería el pensamiento mecanicista de la revolución científica con Galileo.
Tal vez existen dos elementos que son los que, junto al predominio de la racionalidad, determinan el cambio que se produjo desde aquella época y que explican en gran medida la profunda crisis por la que atraviesa el mundo contemporáneo. Un primer elemento es la distorsión en la percepción del tiempo. El proyecto moderno se propuso como nunca antes romper todo lazo con el pasado, con las tradiciones, con las viejas cosmovisiones y paradigmas, generando un quiebre radical con el conocimiento heredado desde hace milenios y proponiendo como eje central del trabajo humano el futuro, la idea de progreso y de un avance en línea recta hacia el porvenir, guiados por el ingenio de la racionalidad. Es así como tras el fin de la Edad Media, el foco de atención temporal deja de estar situado en el ayer, en lo ancestral, para fijarse en lo venidero, el mañana prometedor de un día en que la razón lo sometería todo a su control. Pero en ello erramos, porque al rechazar de manera obstinada el pasado, perdimos una gran parte de nuestra identidad y de los lazos que nos unían con nuestros ancestros, llegando a la confusión total por la pérdida de referentes, ya que es un hecho conocido en psicología que nosotros somos lo que somos en relación con otros, nunca llegamos a ser de manera aislada e individual.
Cuando la Modernidad ya se había asentado de manera firme e irreversible con la Revolución Industrial y el establecimiento del sistema de economía Capitalista, el ser humano entró en una fase de penumbra, en donde los bienes de consumo pasan a dominar la vida social. El futuro planteado por la modernidad no es un porvenir de felicidad espiritual, sino que un porvenir de comodidades y posesiones materiales, de riquezas en el sentido mercantilista. Y este giro radical desde lo pasado a lo futuro trajo consigo muchos beneficios de orden físico, como el logro de avances importantes en la medicina o en las condiciones materiales de la vida en las ciudades. Pero también produjo una seria dislocación de la identidad cultural y social, un hecho que se vuelve particularmente dramático en el mundo actual con la mentada Globalización, que amenaza con hacer desaparecer las pocas tradiciones que nos quedan y con saquear la identidad de los últimos pueblos originarios de la Tierra.
Es en este momento donde debemos entrar en el segundo punto que caracteriza al proyecto moderno. Y es la desconexión casi total de la raza humana respecto a la Naturaleza y sus ciclos. Hasta fines del siglo XV el mundo natural era contemplado como un reflejo de la perfección divina y el hombre estaba acostumbrado a depender de sus procesos cíclicos para organizar y construir su vida en medio de la comunidad. Pero la ciencia moderna y el espíritu de la racionalidad orientada a la idea de progreso hicieron de la Madre Naturaleza un mero medio de donde obtener recursos y riquezas para levantar y sostener los centros urbanos y el consumo constante que se estableció en ellos. De esa manera, hemos dejado de ver a la Naturaleza y al universo como Útero Cósmico y Madre Sagrada. El hombre no es ya una parte de lo natural sino que el domador y dueño de los recursos y seres que habitan en su seno. Y esta rotura con el orden planetario y la consiguiente mecanización de la vida cotidiana acabó por robarnos el sentido de lo Sagrado. El hombre moderno no necesita a Dios porque tiene a la razón. No necesita a la Naturaleza porque tiene al dinero. No necesita al otro porque se tiene a sí mismo. Y la crisis es profunda pues este hombre no ve el verde de un bosque, en su lugar ve un montón de celulosa y madera. No ve la belleza de un río, ve una central hidroeléctrica. No ve la majestuosidad de una montaña, ve minas de oro, plata y cobre.
Hemos olvidado el sentido de lo Sagrado, de que en cada roca y en cada árbol vive una fuerza tan increíblemente sublime que es capaz de crear y mantener un ordenamiento perfecto y regular que estaba ahí mucho antes de que nosotros apareciéramos sobre este planeta. Los bienes de consumo y los fajos de papel moneda nos han vuelto ciegos al milagro de la vida, a ser humildes ante el misterio de la existencia. No comprendemos por ejemplo, que adentro de cada ser vivo, en el aliento de cada animal que recorre las praderas y las selvas habita un espíritu inconmensurable que es el mismo que nos mantiene vivos a nosotros.
La Modernidad, que reniega de la visión sagrada de lo que nos rodea, que solo mira cifras de dinero y cuotas de frío poder, que nos ha vuelto arrogantes y posesivos, nos ha dejado desiertos por dentro, con una sed inmensa de espiritualidad pese a que las religiones tradicionales no parecen poder ofrecernos ya nada. Y es que somos humanos y por ello, somos divinos, como todo lo que nos circunda. En el latido constante del corazón que vibra en el pecho, en la sangre que recorre incansablemente nuestras venas irrigando vitalidad en cada célula, en nuestra alma que se llena de una tristeza y una nostalgia inexplicable cuando volvemos a las ciudades después de un fin de semana en el campo, en cada rincón de nuestro ser visible e invisible, allí también habita lo Sagrado.
Si pudiéramos volver a vivir con la magia adentro nuestro, con la ingenuidad de un niño pequeño que aún es lo suficientemente inocente como para asombrarse con el milagro de un amanecer, con la humedad de la tierra después de una lluvia o el silbido del viento entre el follaje, tal vez podríamos empezar a vivir plenamente y a poner término a la agonía a la que estamos sometiendo a la Tierra y con ella, a todos los seres vivientes, nosotros incluidos. Pero para ello, primero debemos despertar nuestra adormilada conciencia e ir más allá de nuestros condicionamientos sociales, aquellos que nos hacen permanecer en la inercia creyendo que no es posible un mundo distinto. Ir desde la arrogancia de creernos amos y señores de la naturaleza al reconocimiento profundo de que no somos más que una parte diminuta de ella. Como dijera el jefe Indio Seattle de la tribu Swamish al presidente de los Estados Unidos en 1885: “La tierra no pertenece al hombre, sino que el hombre pertenece a la tierra. El hombre no ha tejido la red de la vida: es sólo una hebra de ella. Todo lo que haga a la red se lo hará a sí mismo… Todas las cosas están relacionadas como la sangre que une a una familia”.
Se ha argumentado que no es posible retroceder en la Historia para volver al estado previo a la revolución científica y tecnológica. Y tal vez es cierto. Pero no se trata de retroceder, sino que de avanzar, solo que en una dirección distinta. El destacado economista y ecologista chileno Manfred Max-Neef ha señalado que si un hombre va avanzando camino a un precipicio no necesita retroceder para evitar la caída, solo basta con que gire sobre sí mismo en 180 grados y seguirá avanzando, pero sin irse barranco abajo. Este mismo autor desarrolló en los ’90 la llamada Hipótesis del Umbral, en la que plantea que a partir de un determinado punto en el desarrollo económico la calidad de vida empieza a decaer. Para muchos es ya evidente que hemos cruzado ese punto hace un buen tiempo. No es más progreso lo que necesitamos, es evolución.
La sacralidad arquetípica del pasado sigue emitiendo ecos en los espectros de nuestros sueños. No podemos evitarlo porque todos estamos conectados con el Todo. Solo somos un punto dentro de un tejido en el cual todas las cosas y los seres vivos nos desarrollamos íntimamente ligados los unos a los otros de manera inexorable. Esos ecos son una llamada a despertar, a amar más profundamente y a comprender no ya con la racionalidad de la cabeza, sino que con la intuición del corazón. Destruimos porque hemos perdido el respeto por lo otro y por nosotros mismos. Destruimos y nos destruimos porque ya no nos maravillamos frente al insondable misterio de estar aquí, vivos. Los astrofísicos nos han dicho algo que parece poesía, pero que es asombrosamente real: que somos polvo de estrellas, porque cada uno de los elementos y átomos que nos componen fueron producidos por las reacciones nucleares de fusión atómica al interior del núcleo de los soles. El calcio de nuestros huesos, el carbono de nuestras células, el oxígeno de nuestra sangre, todo nació en el ardiente núcleo de una estrella. ¿No es esto acaso un milagro? ¿No es esto acaso suficiente para hacernos llorar de agradecimiento y extrañeza?
Cuando abramos los ojos a lo Sagrado otra vez, una nueva aurora brillará sobre este granito de roca, agua y vida que perdido en medio de la inmensidad del espacio-tiempo navega sin cesar entre las estrellas, ese granito descuidado por nosotros llamado Gaia.